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JOSÉ DIEZ CANSECO

DE LA INFANCIA A LA ADULTEZ: EL SIGNIFICADO SIMBÓLICO DE LA ENFERMEDAD EN «REPARTICIÓN DE PREMIOS» (1951)

Carmen Aurora Alvarez Cucho 

Universidad Internacional de la Rioja (UNIR)

A inicios del siglo xx, en la década de 1920, el Perú se encontraba bajo la presidencia de Augusto B. Leguía, un gobierno que tenía en su agenda política y social la modernización de la ciudad y la incorporación del capital extranjero a la sociedad peruana, donde la capital limeña empezaba a cobrar protagonismo, pues ahí se desarrollarían las mejoras del espacio público, la modernización y el establecimiento del poder extranjero, lo que impactaría en el panorama cultural y literario. 

En ese periodo, la tradición literaria estaba influenciada por obras como Cuentos malévolos (1904) de Clemente Palma y El caballero Carmelo (1918) de Abraham Valdelomar. En esta misma generación, vale la pena mencionar a Enrique López Albújar (1872), quién en 1930 abriría debate —junto a otros destacados intelectuales— con el indigenismo, que fue un movimiento significativo artístico, cultural y político que reivindicaba al indio. Después de la Guerra del Pacífico, aparecería una generación de escritores, entre los cuales se encuentran Ventura García Calderón (1866), César Vallejo (1892), José Diez-Canseco (1904) y Martín Adán (1908). En cuanto al campo intelectual, destacan Luis E, Valcárcel (1891), José Carlos Mariátegui (1894) y Luis Alberto Sánchez (1900) (Portugal y Marcone, 2022). 

La influencia modernista en este tiempo se ve reflejada en las obras de Ventura García Calderón, Palma y Valdelomar, pero también hay influencia vanguardista, como ocurre con los textos de César Vallejo y Martín Adán. En este tránsito y contexto se encuentra José Diez-Canseco Pereyra, escritor, cuentista, novelista y periodista peruano que tiene interés por escribir sobre los barrios y periferias de Lima, así como las diferentes y contrastantes clases sociales de la modernidad peruana, las cuales se agudizarán en su libro de cuentos Estampas mulatas (1930). 

En su novela emblemática El duque (1934) critica la decadencia moral de la clase alta limeña y sus protagonistas, donde el personaje masculino, Terry Crownchield, mantiene una relación homosexual clandestina debido a los prejuicios sociales, además de mostrar temas tabúes, como el uso y el abuso de estupefacientes (opio y cocaína), y la prostitución. En este sentido, se plasma un cuestionamiento hacia la modernidad civilista y el proyecto de nación dominado por las élites, las cuales están en crisis.

De esta manera, Diez Canseco es clave para entender la cuentística peruana de 1920-1940, considerado precursor del realismo urbano por la crítica literaria peruana y figura emblemática para la Generación del 50 que retomaría este tema. Por ejemplo, tenemos a Julio Ramón Ribeyro, Enrique Congrains y Mario Vargas Llosa quienes, ante influencia del indigenismo y el regionalismo, resignifican problemáticas de la urbe y de las regiones para la construcción del proyecto nacional, uno fragmentado y alienante. 

No obstante, la difusión y reconocimiento del autor de El duque todavía es insuficiente con respecto a sus cuentos; por lo que esta reseña se enfocará en analizar brevemente uno de sus cuentos, «Repartición de premios», desde la perspectiva de la enfermedad, además de su relación con el discurso religioso y la clase social alta, en la cual enuncia y pertenece su protagonista. 

En torno a su prosa, el crítico literario Julio Ortega señala que la narrativa de José Diez-Canseco: «Se planteó una geografía social de Lima, y cada texto tiene, por ello, una delimitada ubicación urbana o suburbana que no solo corresponde a las clases sino a subculturas distintas, las que no se aproximan sino para demarcar mejor sus distancias naturalizadas» (1986, pp. 110-111). Es decir, no solo en su novela más reconocida va a describir y cuestionar a la clase alta, sino que le interesa escribir sobre las clases marginadas y de aquello que todavía se escapaba del debate, cuyo principal foco era el indigenismo, desde 1920.

José Diez-Canseco Pereyra  

Nació en 1904 en Lima y falleció en 1949, en el mismo sitio. Fue hijo de Alfredo Diez-Canseco Coloma y María Pereyra Patrón. Nieto del general Francisco Diez-Canseco Corbacho, quien fue presidente provisorio del Perú en 1868 y 1872, por lo que podemos indicar que perteneció a la clase alta. Empezó su vocación literaria en Barranco. En 1921, empezó a colaborar con el diario barranquino La Provincia y, en 1928, con los diarios El Tiempo y La Tribuna.  En esos años también trabajó para revistas como Variedades, Mundial y Amauta (dirigida por José Carlos Mariátegui), donde publicaría parte de su novela corta El gaviota (1930).

En 1927, viaja a Europa, en la caída del gobierno de Leguía debido a su militancia política y en 1928 retorna a Lima. En 1930, empezará su militancia en el APRA. En 1932, su cuento «Jijuna» fue ganador en un concurso organizado por La Prensa de Buenos Aires. Por este reconocimiento, trabajó en ABC de España. En 1934, publicó su novela El duque, con la editorial Ercilla, dirigida por Luis Alberto Sánchez. Esta novela es importante por lo antes mencionado y sentar un precedente para la novela Un mundo para Julius de Alfredo Bryce Echenique, ya que ambas muestran la decadencia y la frivolidad de la clase alta limeña. En 1945, viajó por unos meses a Europa y, luego, retornó a Lima para empezar con el proyecto literario, sus cuentos Estampas mulatas

Para el crítico literario Tomás Escajadillo (1997), el autor es un precursor no reconocido, un antecedente de la Generación de Ribeyro, por retratar en sus cuentos a tres tipos de estratos sociales: la clase pobre entre 1930-1940, el mundo burgués y decadente, y la clase media de Barranco, donde la niñez y la picaresca prevalece en personajes masculinos jóvenes y adolescentes.  

Entre 1940 y 1945, estudió Letras y Derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, pero sin graduarse. En ese periodo, se casó y tuvo dos hijos. En 1949, el escritor falleció. Tenía 45 años y había dejado una novela inconclusa, y sin ver la luz, El mirador de los ángeles, que posteriormente sería publicada, en 1974, por el Instituto Nacional de Cultura.

En 2005, el Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) publicó dos tomos de toda su narrativa completa. Asimismo, en 2020, la editorial independiente peruana Gafas Moradas reeditó la novela El duque. Sin embargo, pese a que los estudios sobre su narrativa se concentran en esta novela, todavía hace falta recopilar y editar sus diversos artículos y ensayos publicados en varios periódicos de la época. 

De la infancia a la adultez: el significado simbólico de la enfermedad en «Repartición de premios»

«Repartición de premios» es uno de los cuentos publicados en el libro Estampas mulatas (1930), que reúne 19 cuentos en total, dos de los cuales son considerados novelas cortas, y fueron publicadas en revistas como Amauta. Este libro resulta importante porque, en palabras de Tomás Escajadillo (1997), sus temas forman parte del regionalismo peruano. Asimismo, incorpora la voz y presencia del afrodescendiente en el cuento El trompo

De esta manera, es un referente como Abraham Valdelomar, Clemente Palma o Enrique López Albújar, en cuanto a que viabiliza la presencia de otros personajes, desde lo popular, del barrio hasta seres marginados y menos centralistas. Por supuesto que no entra en el debate del indigenismo, que lo profundizarán José María Arguedas y Ciro Alegría en su narrativa, pero sí muestra las brechas y los prejuicios de clases sociales de Lima y toda la región en la década de 1920, en el Gobierno de Leguía. 

De acuerdo con Escajadillo (1997), su mayor hazaña es la siguiente: «el descubrimiento de los habitantes populares —pobres, ‘proletarios’, marginales— de la Lima de 1930-1940» (p. 22). En este sentido, su cuentística va a plasmar estas situaciones, de la clase baja y media, y sus personajes marginales. En el caso del cuento que vamos a analizar, se distancia de esta situación, pero hay un mensaje profundo sobre la enfermedad y la transición de la niñez hacia la adolescencia y, posteriormente, la adultez. 

La trama nos cuenta la historia de Tato de Gorbea y Dávila, un adolescente de clase alta que vive en Barranco, asiste a un colegio religioso jesuita y se encuentra enamorado de Maruja Castro Quesada. Lamentablemente, ella se encuentra enferma por padecer un mal terminal (se presume de tuberculosis o neumonía). En este sentido, el eje central del relato es cómo la enfermedad y la muerte se anteponen al eros y el amor, a través de la muerte de Maruja, interés amoroso del protagonista, quien debe sobreponerse a este suceso y asistir a la repartición de premios de su colegio. 

En la siguiente cita, Tato llama a la casa de Maruja para saber cómo está ella, si vendrá al colegio para la repartición de premios, una fecha especial, ya que supone el último día de clases y la presentación de esta actividad, donde él quiere que ella esté presente: 

Aquel día se atrevió, sin embargo, a algo más. Aquel día preguntó a la criada que respondiera al teléfono si Maruja vendría a la repartición de premios del colegio de Jesuitas y la respuesta tuvo algo de impaciencia:
—Pero si todavía no se levanta… 

Todavía… ¿Hasta cuándo iba a durar aquel «todavía» que tan malamente le punzaba? Todavía… Todavía… Dos semanas sin verla, dos semanas sin hablarla, dos semanas sin escuchar la voz pequeña y dulce de la chiquilla que le respondía al salir de San Pedro el saludo emocionado, dos semanas… ¿Cuántas más serían? «Todavía no se levanta»… Todavía… (González Vigil, 1984, pp. 137-138)

En este fragmento, Gorbea es incapaz de indicar su nombre por timidez, ya que la adolescente y él no son enamorados, solo compañeros de colegio. Esta insistencia es porque él se encuentra enamorado/obsesionado de la muchacha, quien tampoco asiste a la escuela ese día porque está enferma desde hace dos semanas. Esta preocupación y anhelo por protegerla es síntoma del enamoramiento, es decir, de una idealización. Ante esta vaga respuesta, Tato imagina que Maruja se recuperará pronto y, por tanto, la volverá a ver, lo que le produce un alivio momentáneo. 

No obstante, esta ilusión se desvanece al llegar al colegio, donde más tarde se realizará la repartición de premios por ser el último día de clases. Esta es una actividad que galardona a los mejores estudiantes de acuerdo con cada categoría. En un sentido más profundo, se refuerza el buen comportamiento de los estudiantes que mejor rinden y acatan las normas y valores católicos (discurso religioso), sobre todo quienes pertenecen a una clase privilegiada y les corresponde preservar el statu quo. De esta manera, se percibe al colegio como un espacio donde se infiltra el poder para validar y disciplinar al individuo, incluso si este debe perder su individualidad, tal como ocurre al transitar hacia la adultez.

Al llegar al colegio, se entera de que la adolescente ha fallecido ese mismo día a través de un compañero, sin que él pudiera preverlo. Ese dolor lo persigue hasta cuando regresa a casa y le confiesa a su madre que no quiere volver a la escuela porque está triste y, por tanto, no asistirá a la repartición de premios. Sin embargo, su madre lo convence de presentarse al evento:

El almuerzo fue triste. La pena de Tato se extendió a los padres y al abuelo. Los hermanos menores, que ya habían almorzado, jugaban en el jardín con bullas alegres que contrastaban con el silencio del comedor. A las tres de la tarde, calzándose los guantes, vino doña Elena a apurar al marido: 

—Vamos, Enrique, que llegamos tarde. 

—Ah, sí. Pero Tato no quiere venir… 

—¿No? Qué tontería. No hay que dejarle así… 

—Pero si no quiere… Después de todo… 

—Sí, tiene razón, pero es mejor que haga un esfuerzo. Yo voy a hablarle. (González Vigil, 1984, pp. 143)

En esta cita, se evidencia cómo la madre quiere que su hijo acuda al colegio, pese a que este le había comentado que no quería asistir, incluso si era la actividad más importante del año. No obstante, la figura materna y todo el sistema imponen su deseo de validación y máscara social; por lo que Tanto termina obedeciendo, sin opción al rechazo. Este diálogo es un ejemplo de ello y, casi al final, se revela el destino del protagonista, quien se encuentra obligado a ser un adulto ese mismo día, a ignorar sus deseos personales y a encajar con lo que «debería ser» para ser aceptado:

Un instante se quedó el fuerte vasco en la puerta despidiendo a los señores de Gorbea. Desde la esquina, Tato volvió la cabecita e hizo un gesto con la mano… El Padre Iturraga se volvió, entonces, al fondo cálido del colegio, de su hogar tan grande enjugándose los ojos, sus claros ojos de niño que ha llegado a ser hombre sin dejar de ser niño, con un pañuelo a cuadros negros y rojos, feísimo… (González Vigil, 1984, pp. 145)

En este desenlace radica una contradicción importante que se ve representada en la figura del Padre Iturraga, quien empatiza y comprende la tristeza de Tato, sabe de lo difícil que es ser adulto, pero no ha dejado de ser niño en su interior. A lo mejor, por la compasión que siente hacia Gorbea, sabe lo complicado que es tener que abandonar sus deseos personales por encajar y ser aceptado por la sociedad, su clase social y el sistema.

Reflexiones finales 

En el cuento «Repartición de premios» se revela cómo la enfermedad muestra un golpe de realidad hacia la complejidad de la existencia, es decir, el reconocimiento de la muerte, el final una etapa; en este caso, el paso de la adolescencia hacia la adultez en el protagonista al reconocer lo efímero de la existencia y el eros (enamoramiento), por un lado, y cómo se configura este sistema que somete al individuo a sus reglas, dejando de lado sus deseos individuales, para encajar con sus altas expectativas y estándares, «premiando» a quien obedezca y «olvidando/castigando» a quien está fuera o desobedezca sus normas.

BIBLIOGRAFÍA 

Alberto, J y Marcone, J. (2022). Introducción. Narrativa peruana contemporánea. Cuento y novela (1920-2000). En R. Chang-Rodríguez y M. Velásquez Castro (Dirs.), Historia de las literaturas en el Perú. Volumen 5. La narrativa peruana contemporánea. Cuento y novela (1920-2000) (pp. 11-28). Casa de la Literatura, Ministerio de Educación y Fondo editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú. 

Escajadillo, T. (1997). Cuatro estudios sobre José Diez Canseco. Amaru Editores. 

González Vigil, R. (1984). El cuento peruano. 1959-1967. Ediciones Copé. 

Ortega, J. (1986). Cultura y modernización en la Lima del 900. CEDEP.