
SANATORIO (1939)
Alejandra Monterroso
Universidad Internacional de la Rioja (UNIR)
En el imaginario cultural de inicios del siglo XX, la tuberculosis ocupó un lugar que excedía el ámbito de la medicina. Asociada a la figura del artista moderno, la enfermedad fue interpretada como signo de sensibilidad, genialidad y entrega absoluta a la creación. Rasgos como la palidez, la fragilidad física y la delgadez se incorporaron a una estética bohemia que convirtió al cuerpo enfermo en objeto de fascinación literaria y en fuente de numerosas metáforas sobre el arte, la vida y la muerte.
Hacia mediados de esta época, en 1938, se publicó la novela Sanatorio, de Carlos Parra del Riego (1898-1939), bajo el sello de la editorial chilena Zig-Zag. La primera edición presenta una portada en la que destaca la imagen de una calavera con un sombrero sobre su cabeza, ilustración realizada por el reconocido artista chileno Mario Silva Ossa. Desde una estética de la enfermedad y la muerte, la composición anticipa el universo narrativo de la novela, en el que la tuberculosis y la experiencia dentro sanatorio constituyen el eje central del texto.
Carlos Parra del Riego nació en el Callao y, a lo largo de su vida, se desempeñó como periodista, donde colaboró en diversos periódicos además de ejercer el comercio y participar en la política. Entre sus familiares destaca su hermano, el reconocido escritor Juan Parra del Riego, autor de Polirritmos (1922) y una de las figuras representativas de la vanguardia peruana. Dentro de la literatura vinculada a Jauja, Carlos Parra del Riego ocupa un lugar relevante gracias a Sanatorio, obra que constituye uno de los testimonios literarios más significativos sobre la experiencia de la tuberculosis en el sanatorio de Jauja. Asimismo, es autor de otros textos, entre ellos Por qué maté al niño. Falleció prematuramente a los cuarenta años en Huancayo, a consecuencia de la tuberculosis que había contraído y de la cual no logró recuperarse durante su estancia en el sanatorio.
Esta novela narra, su experiencia como paciente de tuberculosis en el sanatorio administrado por las Hijas de la Caridad. Su necia necesidad de no abandonar el arte, así como su voluntad de seguir escribiendo a pesar del padecimiento y la fiebre, lo llevaron a crear una de las mejores novelas sobre la enfermedad en nuestro país. Novelar la enfermedad mientras se la padece constituye una experiencia que permite vislumbrar aspectos que los discursos predominantes de la época no permitían leer ni escuchar.
Padecer una enfermedad como la tisis en aquel entonces no era solo una experiencia individual, sino también una condición atravesada por una construcción social que podía estigmatizar al enfermo. En este sentido, la teórica estadounidense Susan Sontag advierte, en La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas, que las enfermedades consideradas intratables y misteriosas suelen generar fantasías que intentan dar sentido a lo incomprendido. Mientras se desconocían las causas de la tuberculosis, esta era percibida como «el robo insidioso e implacable de una vida» (Sontag, 2008, p. 14). La enfermedad se convirtió así no solo en un hecho biológico, sino también en una construcción simbólica cargada de temores y significados morales. Las metáforas, señala Sontag, operan como estrategias para domesticar el miedo, pero también pueden intensificar el estigma y moralizar el padecimiento.
En la literatura peruana, en este periodo, también es posible advertir la presencia de estigmas que vinculan la enfermedad con lo fantástico y lo sublime. La tuberculosis aparece asociada a personajes de extrema delgadez, dotados de una sensibilidad artística exacerbada y envueltos en un halo de misterio. Un ejemplo de esta representación se encuentra en La ciudad de los tísicos (1919), de Abraham Valdelomar, donde el padecimiento aún es presentado desde una mirada profundamente romántica, propia del modernismo.
Sin embargo, comenzaron a aparecer novelas que abordaban la tuberculosis desde una perspectiva más crítica y testimonial. Muchas de ellas situaban la acción en espacios periféricos, particularmente en la sierra central, donde numerosos enfermos eran enviados con la esperanza de recuperar la salud. En ese contexto, Jauja se convirtió en un lugar emblemático. Sus condiciones climáticas, su altitud y su aire seco motivaron la construcción del sanatorio gracias a la donación de Domingo Olavegoya, en el marco del proyecto higienista peruano.
Como señala Helen Garnica Brocos en su tesis La metáfora mórbida y disciplinar de la tuberculosis en Sanatorio (1938) de Carlos Parra del Riego, la edificación del establecimiento en 1918 respondió tanto a la fe en el clima andino como a una lógica disciplinaria que organizaba los cuerpos y las conductas (Garnica, 2024, p. 32). El sanatorio funcionó como un espacio donde coincidían pacientes de diversos estratos sociales, sometidos a un riguroso régimen médico y religioso. Más que un lugar orientado exclusivamente al tratamiento de la enfermedad, constituyó una institución que regulaba la vida cotidiana mediante normas que abarcaban los horarios, la alimentación, las visitas e incluso las relaciones afectivas.
Este texto recibió escasa atención por parte de la crítica literaria peruana, pese a su relevancia. La novela reconstruye la experiencia del internamiento en Jauja y ofrece una memoria literaria de ese espacio, hoy conocido como Hospital Olavegoya. Publicada poco antes de la muerte del autor, la obra adquiere el carácter de un testamento literario profundamente atravesado por la experiencia del padecimiento.
El protagonista, Fernández, quien al igual que Carlos Parra del Riego desempeñó diversos oficios, llega a Jauja sin que nadie lo espere. Desde su descenso del tren se enfrenta a la soledad, donde su identidad queda reducida a la condición de enfermo. A lo largo de la novela, la búsqueda de las causas de su enfermedad lo conduce a revisar episodios de su pasado, marcados por una vida hedonista y el goce de los placeres. Sin embargo, ese cuerpo antes entregado al deseo aparece ahora transformado por el deterioro físico impuesto por la tuberculosis.
En este sentido, resulta pertinente recuperar el prólogo de la reedición de 2022 de Historia para enfermos (1922) de Hermilio Valdizán, elaborado por Gonzalo Portals, quien propone la categoría de relato patográfico como clave de lectura. Según el investigador, el relato patográfico designa aquella producción literaria que surge de la experiencia directa de una alteración significativa de la salud o de la reconstrucción de un padecimiento transmitido por terceros, convirtiendo la vivencia de la enfermedad en materia narrativa (Portals, 2022, p. 17). Desde esta perspectiva, Sanatorio puede leerse no solo como novela testimonial, sino como una escritura que organiza su sentido desde el cuerpo enfermo y la experiencia del internamiento.
La enfermedad no funciona aquí como un simple tema, sino como el principio estructurador del relato y el punto de enunciación desde el cual se articulan la memoria, la crítica institucional y la reflexión existencial. A diferencia de las representaciones románticas de inicios del siglo XX, Sanatorio desmantela la idealización de la tuberculosis para mostrar la experiencia concreta del enfermo. En la novela convergen tres discursos fundamentales: el del paciente, el del médico y el del espacio disciplinario.
Fernández, procedente de Lima, llega a Jauja con una profunda sensación de extrañamiento que se manifiesta desde las primeras líneas: «Nadie me espera. No es la primera estación donde nadie aguarda mi llegada. Pero, ¿no será ésta la última, la definitiva? » (Parra del Riego, 1938, p. 9). Desde ese momento, el protagonista es percibido como el otro: el capitalino enfermo, asociado por los habitantes del pueblo con lo mórbido y lo mortuorio. En contraste, la población local aparece vinculada a la vitalidad de las festividades y a la llegada del tren, considerada como la mayor distracción dentro de este lugar monótono, según las palabras del protagonista. Para Fernández, el sanatorio termina por convertirse en una forma de encierro, un espacio donde el cuerpo enfermo es vigilado y los deseos quedan constantemente reprimidos.
Uno de los ejes centrales de la novela es la regulación del cuerpo y del deseo. Hombres y mujeres permanecen separados; la alimentación es estrictamente administrada por el hospital y se prohíbe el ingreso de comida del exterior; las visitas son vigiladas y el contacto físico permanece restringido. La creencia de que la enfermedad era consecuencia de una vida desenfrenada reforzaba, además, un control moral sobre los pacientes.
Esta regulación también se expresa en la organización interna del sanatorio. Los espacios se distribuyen de acuerdo con la capacidad económica de los internos, de modo que quienes podían pagar más accedían a mejores condiciones de estancia. Los enfermos son observados, clasificados y sometidos a una constante evaluación por parte del cuerpo médico, cuya autoridad pocas veces reconoce la subjetividad del paciente. En este sentido, la novela denuncia la supremacía del discurso clínico, que reduce al enfermo a un cuerpo afectado por el bacilo de koch, así como el sometimiento impuesto por las religiosas encargadas de administrar el establecimiento. A partir de su propia experiencia, Carlos Parra del Riego construye una crítica a ambas formas de autoridad.
Como advierte Susan Sontag, las enfermedades suelen quedar rodeadas de significados culturales que exceden su dimensión biológica. En el caso de la tuberculosis, el imaginario de la época la asociaba con el debilitamiento físico, la cercanía de la muerte y el agotamiento provocado por una vida bohemia o excesiva. Bajo esta mirada, el médico aparece investido de la autoridad para interpretar el cuerpo enfermo y ejercer control sobre él, relegando la voz del paciente a un lugar secundario.
La crítica se extiende también a la presencia religiosa dentro del sanatorio. Las monjas ejercen una vigilancia constante, especialmente sobre los internos de menores recursos. Incluso los militares encargados de custodiar el establecimiento aparecen subordinados a la autoridad religiosa. En distintas estampas de la novela afloran tensiones y pequeñas formas de resistencia que revelan una comunidad atravesada no solo por la enfermedad, sino también por jerarquías sociales, relaciones de poder y conflictos políticos.
En medio de este régimen disciplinario surge la relación entre Fernández y María. El vínculo no nace en un ámbito íntimo, sino durante una tómbola organizada por la comunidad religiosa, uno de los escasos momentos en que hombres y mujeres comparten un mismo espacio. En medio de la vigilancia institucional, ambos se conocen de manera casi fortuita, como si el afecto lograra abrir una fisura en el orden impuesto.
María es una interna de menor condición social, alojada en el pabellón «Santa Elisa», donde la vigilancia resulta más estricta precisamente porque las pacientes pertenecen a los sectores con menos recursos. Esta diferencia introduce una marcada asimetría en la relación. Fernández, procedente de Lima, intenta preservar ciertos privilegios asociados a su posición social y a una lógica patriarcal, incluso en el interior del sanatorio, como observa Garnica Brocos (2024, p. 140). María representa para él un espacio de consuelo, pero también el lugar desde el cual intenta reafirmar una identidad que el régimen clínico ha debilitado.
La tensión se condensa en la imagen propuesta por el narrador: «María era para mí, al comienzo de estos amores que tan caros habían de costarle a mi corazón, el pajarillo que alegra la celda del preso condenado a la larga carcelería» (Parra del Riego, 1938, p. 163). La metáfora del preso sintetiza el sentido del sanatorio como espacio de encierro. El amor no rompe esa condición, por el contrario, intensifica la conciencia de los límites impuestos por la enfermedad y por el propio orden institucional.
No obstante, la novela trasciende la denuncia. Incorpora también momentos de ironía y humor que contrastan con escenas profundamente dolorosas: madres separadas de sus hijos, enfermos que mueren sin la compañía de sus familias, funerales discretos y el llanto de un niño que suplica ver a su madre. De este modo, la tuberculosis aparece despojada de cualquier idealización romántica y es presentada en la crudeza de la experiencia cotidiana.
Desde esta perspectiva, Sanatorio no solo desmonta las metáforas idealizadas de la tuberculosis, sino que revela la enfermedad como un espacio en el que convergen relaciones de poder, clase, género y disciplina. La novela constituye un documento literario fundamental para comprender un periodo específico de la historia de Jauja, marcado por el higienismo y la institucionalización del sanatorio. Su relectura permite recuperar una memoria local y nacional que continúa dialogando con debates contemporáneos sobre la medicalización, la precariedad hospitalaria y la necesidad de restituir una dimensión humana al cuidado clínico.
BIBLIOGRAFÍA:
Garnica Brocos, H. F. (2024). La metáfora mórbida y disciplinar de la tuberculosis en Sanatorio (1938) de Carlos Parra del Riego [Tesis de maestría, Michigan State University]. Repositorio institucional de Michigan State University. https://d.lib.msu.edu/etd/51758
Parra del Riego, C. (1938). Sanatorio. Editorial Zig-Zag.
Sontag, S. (2008). La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas. Debolsillo.
Valdizán, H. (2022). Historia de enfermos. Universidad Científica del Sur.