
LA ENFERMEDAD COMO LUCIDEZ: IRONÍA, SUBJETIVIDAD y CRISIS MODERNA EN «ICTÉRICO»¹
Roxana Lucía Gómez Chana
Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM)
En «Ictérico», texto de José Santos Chocano, se articula una reflexión crítica sobre la modernidad a partir de la experiencia del sujeto y su relación con la enfermedad. Lejos de ser un simple motivo narrativo, la patología funciona como un principio simbólico que permite cuestionar los valores dominantes de la razón, la utilidad y la adaptación social. El relato construye una inversión significativa: aquello que el sentido común positivista identifica como salud aparece problematizado, mientras que la enfermedad se convierte en un signo de conciencia y lucidez. Desde esta perspectiva, «Ictérico» se inscribe en una tradición moderna que concibe el malestar no como desviación, sino como síntoma revelador de una época.
José Santos Chocano (1875–1934), figura central del modernismo peruano e hispanoamericano, desarrolla su obra en el contexto del fin de siglo, marcado por la coexistencia de discursos científicos —positivismo, evolucionismo, naturalismo— y una reacción estética que privilegia la subjetividad, el exceso y la crisis interior. Nacido en Lima, Chocano escribe desde un espacio periférico respecto de Europa, pero profundamente conectado con sus debates culturales. «Ictérico» se ubica temporalmente en este momento de transición y dialoga con corrientes como el simbolismo y el decadentismo, al tiempo que polemiza con autores y modelos asociados al realismo y al positivismo, como Spencer y Zola. El texto refleja así las tensiones propias de una modernidad desigual, donde el sujeto se ve escindido entre la vida práctica y la conciencia exacerbada.
Uno de los núcleos del relato es el tránsito del objetivismo al subjetivismo, formulado explícitamente cuando el narrador afirma que «el poema de su vida había sido hasta entonces objetivo» y que «sólo entonces comenzó el subjetivismo». Esta formulación traslada categorías estéticas al plano existencial: la vida es concebida como un poema que, en una primera etapa, se rige por la observación del mundo exterior, la norma social y los valores de la objetividad. El paso al subjetivismo implica un cambio radical de perspectiva, en el que el centro de sentido se desplaza hacia el yo. No se trata únicamente de una elección estilística, sino de una transformación profunda en la manera de habitar el mundo.
En este marco cobra sentido la afirmación «es preciso ser egoístas», que no remite a una actitud moral negativa, sino a una toma de posición estética y epistemológica. El egoísmo, en «Ictérico», designa la decisión de privilegiar la experiencia interior como única fuente de verdad. Ser egoísta significa atender a la propia conciencia, incluso cuando esta se muestra contradictoria, dolorosa o socialmente improductiva. El gesto de alejarse de la ciudad refuerza esta lectura: el espacio urbano simboliza la colectividad, la repetición y la vida práctica, mientras que el retiro posibilita el surgimiento de una interioridad reflexiva, condición necesaria para el subjetivismo moderno.
La frase «el hombre más sabio es el egoísta» radicaliza esta inversión de valores. La sabiduría deja de asociarse con la adaptación al orden social o con la estabilidad racional y pasa a definirse como la capacidad de asumirse como sujeto singular. El egoísta es sabio porque se reconoce como centro de su propia experiencia y acepta la fractura que ello conlleva. Esta afirmación cuestiona la moral tradicional y propone una redefinición del conocimiento basada en la conciencia de sí, aun cuando esta implique aislamiento, conflicto o desgaste interior.
No es casual que, tras esta declaración, el texto señale que «se desbordó el lirismo». El lirismo constituye la expresión privilegiada del yo, y su desborde indica que, una vez asumido el egoísmo, el lenguaje deja de someterse al control racional. El discurso se vuelve excesivo, fragmentado y convulso, reflejando el estado interior del personaje. El egoísmo aparece como la condición que permite el surgimiento de una escritura intensamente subjetiva donde el yo ya no puede expresarse de manera contenida ni objetiva.
Esta lógica prepara el terreno para uno de los fragmentos más significativos del texto: «¡Bah! Quédese esto para nosotros los que somos tan imbéciles que no somos capaces de enfermarnos». Mediante la ironía, esta frase subvierte el sentido común positivista al presentar la incapacidad de enfermarse como una forma de imbecilidad. El exabrupto inicial (“¡Bah!”) introduce un gesto de rechazo y desdén frente a los discursos dominantes de la razón, la utilidad y la adaptación social, y abre un espacio donde el malestar subjetivo adquiere legitimidad estética y crítica.
Desde el punto de vista textual, la frase se construye sobre una paradoja central: no enfermarse, lejos de ser un signo de fortaleza, aparece como síntoma de docilidad. Esta inversión retórica desnaturaliza el ideal de normalidad, en el sentido que Michel Foucault señala cuando afirma que los discursos sobre la salud no son neutrales, sino mecanismos de regulación de los cuerpos y las conductas (Historia de la locura en la época clásica). En este marco, no enfermarse equivale a no desviarse, no fracturarse, no poner en crisis el orden social ni el propio yo. La ironía de Chocano apunta precisamente contra esa forma de «salud» entendida como adaptación pasiva.
La expresión «no somos capaces de enfermarnos» introduce, además, un desplazamiento decisivo: la enfermedad no aparece como accidente pasivo, sino como posibilidad ligada a la sensibilidad. Solo quien siente en exceso, quien se expone al conflicto interior, puede quebrarse. Esta concepción se inscribe en la estética de fin de siglo, donde la neurosis, la fiebre y el desequilibrio se asocian a una percepción intensificada del mundo. Como observa Susan Sontag, las metáforas de la enfermedad funcionan como lenguajes alternativos para expresar crisis morales y existenciales que no encuentran cauce en el discurso racional (La enfermedad y sus metáforas). En «Ictérico», la patología no es mera condición clínica, sino traducción simbólica del desgarramiento moderno.
El fragmento dialoga también de forma implícita con la crítica al positivismo y al realismo naturalista. Las alusiones a Spencer y Zola representan un modelo de pensamiento que privilegia la objetividad, la causalidad y la utilidad social. Frente a ello, Chocano propone una subjetividad que se afirma precisamente en su inestabilidad. La voz «sana», pragmática y productiva, es parodiada y revelada como espiritualmente empobrecida. En este punto, el texto se acerca a lo que Georg Simmel identifica como una de las tensiones centrales de la modernidad: el conflicto permanente entre la vida interior y las formas objetivas que buscan contenerla («La metrópolis y la vida mental»).
La enfermedad, entonces, no es solo un tema, sino un principio estructurador del lenguaje. El discurso en «Ictérico» se vuelve convulso, fragmentado y saturado de imágenes corporales y sensoriales —fiebre, frío, convulsión, parálisis de la palabra— que reproducen en el plano formal el desequilibrio psíquico del personaje. Tal como señala Julia Kristeva al pensar los estados límite, el quiebre del sujeto suele manifestarse como quiebre del discurso, como dificultad para sostener una identidad coherente (Sol negro: depresión y melancolía). El malestar no es anecdótico, sino constitutivo de la experiencia narrada.
En la economía del texto, todo este desarrollo prepara la declaración final «Estoy ictérico», que deja de funcionar como diagnóstico para convertirse en afirmación identitaria. La enfermedad se asume como verdad del sujeto, como forma de estar en el mundo. «Ictérico» propone así una lectura crítica de la modernidad: en una sociedad que exige adaptación constante, equilibrio y productividad, tal vez los verdaderamente «enfermos» sean aquellos que no pueden —o no quieren— enfermar.
Desde una perspectiva contemporánea, el texto conserva plena vigencia al dialogar con debates actuales sobre salud mental, ansiedad, desgaste psíquico y normalización del malestar. Chocano invita a leer la enfermedad no solo como déficit, sino como experiencia que revela las fisuras del orden social y las tensiones del sujeto moderno. Su escritura, intensa y provocadora, abre un espacio fértil para repensar la relación entre literatura, cuerpo y conciencia, y constituye una invitación a releer su obra más allá de los registros épicos que tradicionalmente la han definido.
1.El texto aparece dedicado a Aurelio Arnao, figura vinculada al ambiente intelectual y literario de fines del siglo XIX en el Perú. Si bien no existe documentación crítica concluyente que precise el motivo de la dedicatoria, es posible interpretarla como un gesto de afinidad estética e intelectual. La presencia de un interlocutor implícito refuerza el carácter reflexivo y confesional del texto, así como su inscripción en un circuito letrado que compartía preocupaciones en torno a la subjetividad, la crisis moderna y el rechazo de los valores utilitarios del positivismo. La dedicatoria puede leerse, en este sentido, como una forma de complicidad simbólica entre autor y destinatario, coherente con el tono introspectivo y polémico de «Ictérico».
BIBLIOGRAFÍA
Chocano, J. S. (1892). Ictérico. En El Perú Ilustrado.
Foucault, M. (2006). Historia de la locura en la época clásica. Fondo de Cultura Económica.
Kristeva, J. (1989). Sol negro: depresión y melancolía. Anagrama.
Simmel, G. (2014). «La metrópolis y la vida mental». En El individuo y la libertad. Península.
Sontag, S. (2003). La enfermedad y sus metáforas. Taurus.