
SANATORIO AL DESNUDO (1941)
Alejandra Monterroso
Universidad Internacional de la Rioja (UNIR)
Pensar un espacio desde un ángulo optimista conlleva, inevitablemente, a construir una versión idealizada del lugar. El sitio de enunciación determina, en gran medida, la manera en que ese espacio es percibido y narrado, pues toda mirada implica una posición específica. En ese sentido, resulta necesario recordar que el punto de vista siempre depende de quién lo formula. Desde esta perspectiva crítica, conviene recordar que el sanatorio para tuberculosos de Jauja —hoy Hospital Olavegoya— no solo fue un espacio de tratamiento médico, sino también un lugar de confluencia artística: allí permanecieron diversos creadores durante sus procesos de recuperación. El clima de la zona andina, considerado entonces terapéutico para los enfermos del bacilo de Koch, constituyó uno de los principales motivos que llevó a numerosos pacientes a recluirse en este enclave con la expectativa —no siempre cumplida— de alcanzar la cura.
En este contexto, Sanatorio al desnudo (1941) de Pedro del Pino Fajardo, publicado por la imprenta “La Voz de Huancayo” en la misma ciudad, emerge como una respuesta que se sitúa en contraposición narrativa frente a las representaciones previas del sanatorio de Jauja. Sin adoptar un tono marcadamente mortuorio, el texto opta por una sensibilidad más lírica, en la que la experiencia de la enfermedad se entrelaza con una mirada estética del espacio y del cuerpo doliente. De este modo, la obra no niega la condición trágica del internamiento, pero la desplaza hacia una construcción más contemplativa y matizada. En esa tensión puede leerse un diálogo implícito con Sanatorio (1938) de Carlos Parra del Riego, publicado tres años antes.
Esta postura puede parecer secundaria, sin embargo, el prólogo escrito por Manuel Alayza Rospigliosi deja explícita una posición frente al texto de Carlos Parra del Riego. Desde sus primeras páginas, el prologuista cuestiona la visión mortuoria del espacio sanatorial al preguntarse: “¿Es Jauja un osario donde el tuberculoso viene a entregar su alma? […] ¿Venimos aquí a reposar la cabeza afiebrada y el cuerpo cansado en una espera angustiosa del fin? No. Mil veces no. […] Jauja, como dice del Pino, no es una antesala de la morgue. Aquí hay un milagro y ese milagro es el clima” (Alayza, 1940, p. 9). Esta defensa frontal del espacio jaujino evidencia una voluntad de desmontar la imagen del sanatorio como antesala de la muerte, imagen que en Sanatorio (1938) adquiere un tono más doloroso y descarnado en la representación del padecimiento.
Asimismo, el prólogo amplía su posicionamiento al establecer una comparación con Europa y, particularmente, con la tradición sanatorial evocada en La montaña mágica de Thomas Mann. Alayza insiste en que la experiencia del sanatorio de Olavegoya no puede equipararse a la de los enfermos europeos y afirma que: “Jauja, climáticamente, es infinitamente superior a Suiza para el mal” (Alayza, 1940, p. 10). Con ello, no solo reivindica el clima como elemento curativo, sino que introduce una defensa de lo nacional frente a discursos que deslegitiman el espacio andino. De esta forma, el prólogo funciona como una declaración programática que orienta la lectura hacia una concepción menos mortuoria y más esperanzadora del sanatorio.
Una resonancia local de esta postura puede advertirse en los escritos del profesor jaujino Pedro Monge, colaborador de la revista Xauxa — publicada por el Colegio San José de Jauja en los años centrales del siglo XX. En su texto “Visión literaria de Jauja”, publicado en 1946, señala que la nueva leyenda de la ciudad queda “estampada” en el libro de Pedro del Pino, citando el pasaje que alude a su poder de sanación: “Del Pino Fajardo, herido por los bacilos, vino a cobijarse bajo el domo azul de nuestro cielo salutífero, y salió curado. Es un creyente más de la taumaturgia de Jauja” (Monge, 1946, p. 7). La referencia fortalece la construcción simbólica de Jauja como espacio terapéutico privilegiado, y consolida la idea de una identidad local asociada a la curación y la esperanza.
En esta línea, el trabajo de Helen Garnica Brocos en su tesis La metáfora mórbida y disciplinar de la tuberculosis en Sanatorio (1938) de Carlos Parra del Riego permite profundizar en el alcance ideológico del prólogo de Sanatorio al desnudo. Garnica destaca que Alayza establece una diferencia sustancial entre un “nosotros enfermo” residente en Jauja y un “otro sano y limense”, señalando que entre ambos grupos existía un disenso marcado por la estigmatización del tuberculoso, concebido como portador de una mácula y amenaza para el espacio público (Garnica, 2024, p. 64). Este señalamiento permite comprender que el prólogo no solo defiende el clima jaujino, sino que interviene en una disputa simbólica más amplia: la resignificación del enfermo frente a un discurso que lo margina socialmente. Así, el paratexto que acompaña la obra de Pedro del Pino Fajardo refuerza la intención de ofrecer una mirada menos mortuoria y más compleja del espacio sanatorial.
Siguiendo esta misma línea, en la introducción de la primera edición, Pedro del Pino Fajardo define explícitamente el carácter de su obra. Allí afirma que Sanatorio al desnudo busca dejar “las impresiones más íntimas de mi espíritu en servicio de la verdad” y aclara que no se trata de una creación ficticia, sino de un “acopio de pasajes sencillamente escritos en forma narrativa” (Del Pino Fajardo, 1941, p. 15). Esta declaración inicial no solo establece un pacto de lectura testimonial, sino que subraya una voluntad de sinceridad que se distancia de cualquier artificio literario ostentoso.
Esa misma intención se refuerza cuando el autor personifica su libro como un “niño tierno”, nacido del “placer de escribir por escribir”, que no aspira a la trascendencia sino a ofrecer “un instante agradable y nada más” (Del Pino Fajardo, 1941, p. 16). La metáfora filial no es menor: el texto se presenta desnudo, vulnerable y desprovisto de pretensiones grandilocuentes. En este gesto se percibe una sensibilidad marcadamente lírica que contrasta con las representaciones más descarnadas del padecimiento tuberculoso, pues Del Pino desplaza el énfasis de la tragedia hacia la experiencia íntima, casi afectiva, de la escritura y la enfermedad.
Esta declaración resulta reveladora porque permite comprender la motivación tanto del título como del posicionamiento del autor frente al espacio sanatorial. Del Pino concibe su libro como un niño que debe ser cuidado, una figura asociada a lo genuino y a la inocencia, casi en una cercanía simbólica con lo divino. Esa metáfora no es únicamente afectiva: anticipa la forma en que el espacio será tratado en la obra. Al adentrarnos en el texto, advertimos que la técnica predominante es el lirismo aplicado al paisaje y a la experiencia del internamiento.
A diferencia de Sanatorio (1938) de Carlos Parra del Riego, donde el padecimiento adquiere una tonalidad más descarnada, Sanatorio al desnudo organiza su narrativa a partir de estampas que reconstruyen la estancia de Pedro del Pino Fajardo como paciente de tuberculosis. En ellas se entrelazan descripciones de la rutina cotidiana, la llegada a Jauja en tren y la convivencia dentro del sanatorio. Sin negar la proximidad de la muerte, la narración privilegia una actitud de optimismo contenido y una mirada empática —por ejemplo, hacia las monjas que acompañan el cuidado de los internos—, que refuerza una representación menos mortuoria y más contemplativa del espacio.
La obra se aproxima, además, a un registro casi sacro, en el que el clima y el espacio andino adquieren una dimensión que trasciende lo meramente físico. Desde las primeras impresiones, el entorno se presenta como una instancia de elevación espiritual, más cercana a lo celestial que a lo hospitalario. Esta concepción se hace explícita en el diálogo con el padre del narrador, quien afirma que “Hay que tratar de olvidar la enfermedad. Hay que sanar espiritualmente para curar del todo” (Del Pino Fajardo, 1941, p. 24). La curación, entonces, no se plantea únicamente en términos médicos, sino como un proceso interior, casi moral.
Este énfasis en la sanación espiritual refuerza la dimensión lírica y esperanzadora del texto. Frente a una narrativa centrada en el deterioro corporal, Del Pino desplaza la atención hacia la fortaleza anímica y la fe en el clima como agente restaurador. Así, el sanatorio no aparece como antesala de la muerte, sino como un espacio de recogimiento y posible redención donde el cuerpo enfermo puede todavía encontrar una forma de armonía.
A medida que el narrador se adentra en la experiencia del sanatorio, surgen episodios en los que la enfermedad es incluso personificada. En “Sonrisa trágica”, por ejemplo, el epígrafe: “al bacilo de Koch, con un furioso apretón de manos” (Del Pino Fajardo, 1941, p. 73) evidencia un gesto irónico y desafiante frente al mal. La tuberculosis deja de ser únicamente una condición clínica para convertirse en un interlocutor simbólico, casi en una presencia con la que se establece una relación ambigua: de confrontación, pero también de reconocimiento. Esta estrategia refuerza el carácter lírico del texto, pues transforma el padecimiento en materia estética y discursiva.
No obstante, esa sensibilidad no excluye la crítica. En distintos pasajes, el narrador cuestiona a ciertos sectores de la Iglesia —específicamente a algunos padres— a quienes retrata viviendo en una “opulencia descarada”. Se advierte así una tensión con la figura religiosa, especialmente en lo que respecta al cumplimiento auténtico del mensaje cristiano. Esta disputa revela que, aunque la obra se acerque a un registro espiritual, no idealiza las instituciones: distingue entre una fe íntima y una práctica eclesiástica que, a ojos del narrador, resulta contradictoria. De este modo, el texto mantiene su tono contemplativo sin renunciar a una mirada crítica sobre el entorno social que rodea al sanatorio.
Por otro lado, un elemento significativo en la obra es la reflexión en torno a la mujer y el deseo. El narrador evoca las distintas mujeres que han marcado su vida y se detiene a pensar el amor no solo como recuerdo, sino como impulso vital que persiste incluso en el contexto del encierro. La enfermedad no anula el deseo; por el contrario, se vueve más intenso y consciente.
En el sanatorio —organizado en pabellones que separaban estrictamente a hombres y mujeres— esta distancia física genera una dinámica particular entre los internos. Algunos confiesan sentirse enamorados de mujeres que apenas pueden ver “del otro lado”, como si la separación reforzara la idealización. En una conversación con Guillermito, se señala que las monjas no permiten a las mujeres “ni resollar”, evidencia de una vigilancia constante sobre los cuerpos y sus gestos. Esta regulación no solo responde a normas de disciplina hospitalaria, sino también a un control moral del deseo.
El narrador, al reflexionar sobre estas tensiones, deja ver que la enfermedad convive con la vitalidad del amor y el anhelo, siendo explícito cuando cuestiona abiertamente la disciplina impuesta a las mujeres dentro del sanatorio: “La mujer ha sido hecha para el amor […] ¿Qué más enfermedad que el amor?” (Del Pino Fajardo, 1941, p. 57). En este pasaje, la enfermedad biológica se yuxtapone con el amor como otra forma de afección inevitable y constitutiva de la experiencia humana. La crítica a la “disciplina monástica” no solo denuncia una regulación excesiva del comportamiento femenino, sino que revela una concepción del deseo como fuerza vital que no debería ser reprimida en nombre de la cura. Así, el texto amplía su dimensión espiritual hacia una reflexión sobre género, moralidad y libertad afectiva dentro del encierro.
Desde este enfoque, Sanatorio al desnudo puede inscribirse dentro de la literatura patográfica elaborada en Jauja durante el auge del sanatorio Olavegoya, reconocido en su tiempo por el clima favorable para los pacientes del bacilo de Koch. Tanto en la novela de Carlos Parra del Riego como en la de Pedro del Pino Fajardo, la llegada en tren constituye un motivo significativo: marca el tránsito hacia un espacio de reclusión, pero también hacia una experiencia transformadora. Hoy, cuando el tren ya no es la ruta principal hacia Jauja y la antigua estación —ubicada en la avenida Ricardo Palma— permanece como vestigio visible de aquel periodo, el propio Hospital Olavegoya continúa en funcionamiento y conserva todavía algunas estructuras del antiguo sanatorio. Este contraste entre permanencia y transformación refuerza el valor documental y simbólico de estas obras. No solo narran la enfermedad, sino que fijan en la memoria literaria un espacio que fue, a mediados del siglo XX, escenario de creación artística y reflexión sobre el cuerpo, el deseo y la esperanza.
BIBLIOGRAFÍA:
Del Pino Fajardo, P. (1941). Sanatorio al desnudo. Imprenta “La voz de Huancayo”.
Garnica Brocos, H. F. (2024). La metáfora mórbida y disciplinar de la tuberculosis en Sanatorio (1938) de Carlos Parra del Riego [Tesis de maestría, Michigan State University]. Repositorio institucional de Michigan State University. https://d.lib.msu.edu/etd/51758
Monge, P. (1945). Visión literaria de Jauja. Xauxa, 5-10.
Parra del Riego, C. (1938). Sanatorio. Editorial Zig-Zag.